sesiones de evaluación

sábado, 13 de diciembre de 2008

MI PLAN: Domingo 14 de diciembre, debo pasarme el día terminando de corregir exámenes y después me pondré a hacer mis medias y a tener en cuenta todos los símbolos que se agrupan en mi cuaderno de notas +, -, :), :(, .. y procuraré ser justa y objetiva.
Ustedes me van a perdonar que me confiese prácticamente INCAPAZ, que reconozca, no sé si debiera enrojecer, que tengo serias dudas de si esta parte de mi trabajo la resuelvo eficazmente. Desde luego falta interés no es, pero me comprenderán que evaluar a un alumno del 1 al 10 todo un trimestre no es tarea fácil, menos mal que durante la sesión de evaluación me ayudaran con mis dudas, el departamento de orientación, el equipo directivo, profesores con más experiencia y mayor conocimiento del alumnado, incluso tendré a mi alcance datos personales de la vida del alumno, por ejemplo, el niño comparte habitación con su hermano pequeño...,
estarán pensando que con todo esto a mi disposición, más mi maravilloso cuaderno de notas, sabré salir del trance. Sí, del TRANCE saldré, cabizbaja, pensativa, preocupada y triste, pero habré salido, hasta la próxima. Siempre me queda el consuelo de recordarme a mi misma que mi verdadero trabajo, mi lucha, está dentro del aula y no en esos corrillos que hemos dado en llamar EVALUACIÓN.

MOMENTOS FELICES

Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo tirando todo al fuego: poemas incompletos, pagarés no pagados, cartas de amigos muertos, fotografías, besos guardados en un libro, renuncio al peso muerto de mi terco pasado, soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego, y así atizo las llamas, y salto la fogata, y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento, ¿no es la felicidad lo que me exalta? Cuando salgo a la calle silbando alegremente --el pitillo en los labios, el alma disponible-- y les hablo a los niños o me voy con las nubes, mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando, las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos desnudos y morenos, sus ojos asombrados, y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando, salpican de alegría que así tiembla reciente, ¿no es la felicidad lo que siente? Cuando llega un amigo, la casa está vacía, pero mi amada saca jamón, anchoas, queso, aceitunas, percebes, dos botellas de blanco, y yo asisto al milagro --sé que todo es fiado--, y no quiero pensar si podremos pagarlo; y cuando sin medida bebemos y charlamos, y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos, y lo somos quizá burlando así a la muerte, ¿no es felicidad lo que trasciende? Cuando me he despertado, permanezco tendido con el balcón abierto. Y amanece: las aves trinan su algarabía pagana lindamente: y debo levantarme, pero no me levanto; y veo, boca arriba, reflejada en el techo la ondulación del mar y el iris de su nácar, y sigo allí tendido, y nada importa nada, ¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo? ¿No es felicidad lo que amanece? Cuando voy al mercado, miro los abridores y, apretando los dientes, las redondas cerezas, los higos rezumantes, las ciruelas caídas del árbol de la vida, con pecado sin duda pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio, regateo, consigo por fin una rebaja, mas terminado el juego, pago el doble y es poco, y abre la vendedora sus ojos asombrados, ¿no es la felicidad lo que allí brota? Cuando puedo decir: el día ha terminado. Y con el día digo su trajín, su comercio, la busca del dinero, la lucha de los muertos. Y cuando así cansado, manchado, llego a casa, me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos, y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi, y la música reina, vuelvo a sentirme limpio, sencillamente limpio y, pese a todo, indemne, ¿no es la felicidad lo que me envuelve? Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones, me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice: "Estaba justamente pensando en ir a verte." Y hablamos largamente, no de mis sinsabores, pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme, sino de cómo van las cosas en Jordania, de un libro de Neruda, de su sastre, del viento, y al marcharme me siento consolado y tranquilo, ¿no es la felicidad lo que me vence? Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo; pasar por un camino que huele a madreselvas; beber con un amigo; charlar o bien callarse; sentir que el sentimiento de los otros es nuestro; mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha, ¿no es esto ser feliz pese a la muerte? Vencido y traicionado, ver casi con cinismo que no pueden quitarme nada más y que aún vivo, ¿no es la felicidad que no se vende?
Gabriel Celaya

NAVIDAD...

miércoles, 10 de diciembre de 2008
Se acercan, como si de un vendaval se tratara, estas fiestas híbridas, en las que yo, personalmente, si pudiera, me escondería en algún rincón remoto con novelones del siglo XIX y no daría la cara hasta pasadas las turbulencias. Sin embargo, no sé por qué extraño motivo fingiré que me gusta el alboroto, las compras bajo la lluvia y el frío, los mazapanes, los villancicos, el recogimiento y el hastío del hogar...fingiré con una sonrisa tan abierta, que llegaré a creerme que a mí, también me gusta el cuento de la Navidad...